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Eutsi Berrituz
Autores / Idazleak

Benjamín Forcano

Enrique Martinez Lozano

José Antonio Pagola

José Ignacio Calleja

Joxe Arregi

En portada / Azalean

¡Cuidado con la palabra “Dios”!

Era después de la guerra mundial. En una sala de conferencias ibamos a escuchar a un noble y anciano pensador. Es un hombre de rizos grises acerados. Al comenzar su disertación nos suplica que olvidemos toda su filosofía: «Durante estos años de guerra, la realidad se me ha aproximado tanto, que veo todo con ojos nuevos y no tengo más remedio que intentar pensar de nuevo». Grata sorpresa. Ser viejo es cosa gloriosa cuando no se olvida el significado de la palabra comenzar. Es anciano, pero jovial.

Más adelante tuve la suerte de ser invitado a su casa. Su hogar rezuma un aura de bondad. Una de las mañanas, temprano, me encuentra corrigiendo unas pruebas de imprenta de un próximo libro mío. El prólogo es una afirmación de fe por mi parte. Lo leo una y otra vez con mucho cuidado. El anciano está sentado tras su mesa de estudio. De pronto me pregunta: «¿En qué trabajas, tan concentrado?» Tras explicárselo. me dice: «¿No quieres leérmelo en voz alta?» Le complazco. Me escucha de manera amistosa, pero claramente sorprendido, con creciente asombro.

Terminada la lectura, comienza a hablar en tono vacilante. Luego, arrebatado por la importancia del tema, con creciente pasión. «¿Cómo puedes repetir la palabra “Dios”, una y otra vez? ¿Pretendes que tus lectores la entiendan en el mismo sentido en que tú la usas? Lo que tú piensas con el nombre “Dios” es algo muy sublime y, por eso mismo, algo que está por encima de la comprensión de la mayoría de los contemporáneos. Pero, al pronunciar así sin más la palabra “Dios”, la bajas inútilmente al nivel de esa mayoría. ¡No hay palabra humana que haya amparado tantos abusos! ¡Está tan corrompida, tan profanada! ¡Todo lo que se ha hecho sufrir a la gente pobre y sencilla con esa palabra! ¡La sangre inocente derramada por esa palabra! Le han arrancado su esplendor. Las injusticias encubiertas con esa palabra han lijado sus rasgos sobresalientes. Cuando oigo llamar “Dios” a la Realidad Suprema, me parece casi una blasfemia».

Sus ojos claros, amables, llamean. Llamea la voz misma. Luego quedamos en silencio por un rato, sentados uno frente al otro. La habitación se va inundando con la fluida luminosidad del amanecer. Me parece que la luz me aporta fuerza. Sólo puedo indicar algo de lo que entonces, vivamente impactado, acerté a contestar.

«Sí –dije–, esta palabra es entre todas las palabras la más abrumada de cargas. Ninguna otra ha sido tan envilecida, tan mutilada. Generaciones de hombres han depositado la carga de sus vidas angustiadas sobre esta palabra y la han abatido hasta dar con ella por tierra. Yace ahora en el polvo y soporta todas esas cargas. Las razas hunanas la han despedazado con sus divisiones religiosas. Han matado por ella y han muerto por ella. Pero, ¿dónde podría encontrar una palabra como ésta para sugerir lo más elevado, la Realidad Suprema? Si en vez de ella, eligiera el concepto más depurado de la filosofía, sólo captaría un mero producto del pensamiento, que no favorece re-ligación alguna. Con tal concepto no podría captar la presencia de Aquel a quien las generaciones humanas han honrado y degradado con su pavoroso vivir y morir. Es cierto, ellos dibujan caricaturas y les ponen por título “Dios”. Se asesinan unos a otros y dicen. que lo hacen “en nombre de Dios”. Pero, cuando toda la locura y el engaño humanos cesan, cuando los seres humanos se encuentran frente a Él en la más solitaria oscuridad, ya no dicen “Él, Él”, sino que suspiran “¡Tú!”, gritan “¡Tú!”. Todos ellos la misma palabra, y cuando agregan “Dios”, ¿no es acaso el “Tú eterno” al que imploran, al único Dios Viviente, al Dios de la entera familia humana? ¿No es Él quien les oye? Sólo por este motivo, ¿no es la palabra “Dios” la palabra de la súplica, la palabra convertida en nombre propio en todo los idiomas para todos los tiempos? No podemos renunciar a ella. Resulta comprensible que algunos sugieran permanecer en silencio, durante algún tiempo respecto de las “cosas supremas”, para que las palabras mal empleadas puedan ser sanadas. Pero, no es así como se sanarán. No podemos limpiar la palabra “Dios” y no podemos devolverle su relieve. Sin embargo, profanada y mutilada como está, podemos levantarla del polvo y erigirla sobre esta hora de gran desasosiego».

Ya no es el amanecer, es el día. El anciano se levanta, viene a mí, apoya su mano en mi hombro y dice: «Seamos amigos». La conversación se completa: Cuando dos o tres están verdaderamente unidos, lo están en el nombre de Dios.

El relato, claro está, no es mío, es nada menos, de Martín Buber (1878-1965), filóso judío, en su libro: Eclipse de Dios, F.C.E., México 1995, 31-34. Sólo lo he abreviado y retocado para que quepa en este artículo. Merece ser conocido en esta hora, que sigue siendo de gran desasosiego. Este patético texto sugiere la perentoria necesidad de discreción espiritual y cultural. No sólo por parte de cuantos usamos con amor esta bendita palabra, sino sobre todo por quienes, por ineludible misión la proclamamos de cara a otros creyentes, modulándola y condicionándola, con riesgo de monopolizarla y de reincidir en una insana ‘sobrediosis’. Porque, ciertamente, «el Señor nos da un espíritu de energía y de amor, pero también de buen juicio». (2Tm 1, 7).