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En portada / Azalean

Buda y Jesús de Nazareth

Cuando el impulso de emancipación y de fraternidad se desvanece por doquier ante el fracaso de los movimientos políticos que ensayaron organizar la existencia en torno a estos polos, y cuando en esta era llamada postmoderna la conciencia solitaria siente el ahogo de las pasiones que surgen de su interior y de las profundidades de los que le rodean, he aquí que nos viene de Oriente una doctrina anterior a las ilusiones modernas predicando  una vía de liberación del hombre de su condición insoportable. La doctrina del Budda, el que "despertó" a la Verdad.

"Todo es dolor: el nacimiento, la vejez, la enfermedad, la muerte, la pena, los tormentos, la unión con el que se detesta y la separación de quien se ama, lo mismo que el hecho de no obtener lo que se desea. Nada escapa al dolor, ni siquiera los innumerables dioses cuya existencia llena de felicidad y enormemente larga tendrá también un fin..."

Un día el joven príncipe de la casta guerrera de Gautama, hacia el siglo VI anterior a la era cristiana, abandona su hogar y se entrega a la búsqueda de la solución al dolor humano y a la muerte. Tras varios años de inquisición descubre la verdad que se oculta tras el velo de la apariencia de las cosas. Despierta del engaño de los sentidos y los ojos de su alma se abren a la verdadera realidad. Deviene Budda, "el que ha despertado".

Más tarde en un bosque de las proximidades de Benarés pronunciará su primer sermón en presencia de cinco ascetas y hará de ellos sus discípulos, constituyendo así su primera comunidad monástica.  Bajo las fantasías que nos forja el mundo -predica- el dolor está presente en todos los recodos del existir humano. El mal y el dolor son inherentes a la existencia. Porque además de la enfermedad, de la muerte y de las desgracias naturales está el dolor de nuestros deseos rotos y de nuestras ansias imposibles.

En la sencillez de los grandes maestros del espíritu, Budda enseña que el dolor tiene su sede en nuestros deseos y éstos en las pasiones que nos atormentan y nos ahogan. La enfermedad y la muerte mismas no llegarían a angustiarnos de no ser por nuestro erróneo deseo de vivir y de gozar. Acabemos pues con el dolor extirpando las raíces del deseo y de la pasión. Encontraremos así la paz.

Sus formulaciones ascéticas se entroncan en una teoría general de la existencia humana y del mundo.  En último término, el hombre es una pasión inútil condenada a existir. El haber nacido es su mayor desgracia. La fatalidad misma del renacer reside en los restos de deseo no satisfechos de la existencia precedente. Terminemos, pues, con esta fatalidad extirpando mediante la ascesis las pasiones y el deseo.  Budda es el "bienaventurado" porque habiendo seguido en su vida mortal la "Santa Vía de los ocho miembros" ha llegado a la "extinción total" del deseo. Al "Nirvana". Ahora permanece para siempre en la serenidad imperturbable, al abrigo definitivo del dolor, del miedo y de la duda.

El hombre moderno ha vivido dos siglos en la ilusión de vencer el dolor y las causas que lo han generado. Hemos vivido culturalmente en la pasión de extirpar el mal de mundo.  No es que en algun momento hayan cesado las guerras, la corrupción, el abuso de los débiles, el amor frustrado, la envidia o el robo, ni que el hombre alguna vez haya dejado de sentirse poseído por fuerzas que le empujaban irresistiblemente hacia lo que no debía. Ni que hubiera desaparecido la enfermedad, la muerte y el hambre del mundo. Todos estos males de la naturaleza, de la organización de la sociedad y del fondo del alma existían al igual que habían existido en todos los tiempos. Pero el hombre moderno tenía la esperanza de vencer el mal empleando los impulsos de su alma y los recursos de su razón en otros tiempos abandonados en manos de sus dioses.

¿Quién negaría al siglo XX el atributo de haber sido un gran ensayo filosófico? Por primera vez en la historia, el hombre se ha comprometido de una manera programática a liberar al hombre de las cadenas de todas sus opresiones. Hizo de la política la gran catarsis de los hábitos corrompidos y el laboratorio del hombre nuevo. Con el celo de las inquisiciones encarceló a los opresores, confinó a los disidentes en campos de concentración y hospitales psiquiátricos, levantó muros en sus fronteras y pobló el espacio social de policías políticas.  Empleó cualquier medio para destruir el mal. Y ocurrió que, después de este esfuerzo titánico, el hombre se ha encontrado con un mal y una corrupción mucho más extensos y devastadores aún que la que existía antes de sus revoluciones. No está pareciendo en este final de siglo tarea nada fácil ésta de erradicar el mal del mundo.

Privado de la guía determinante del instinto, la génesis humana de este primate de conductas abiertas es demasiado susceptible de todas las desviaciones y deformaciones posibles. La génesis de un ser humano es demasiado delicada y sometida a las influencias de los demás como para que la perversión y la neurosis no sean lo más esperable. El mal coexiste con nosotros, en nuestro interior, en nuestras relaciones cotidianas y en el comportamiento de los grandes colectivos. Y con él, el sufrimiento.

Jesús de Nazareth fue un rabbí judío que predicó en Palestina hacia los años 30 de nuestra era.  La espesura de las prestaciones culturales y la mitificación de su figura hacen su voz difícilmente inteligible para los hombres de nuestros días.  Después de muchos siglos de civilización cristiana su nombre se ha hecho familiar en refraneros, conjuros y blasfemias.

Jesús es la deformación del nombre  hebreo Jeschoua en el paso del universo hebreo al de la cultura grecolatina. Junto con  el nombre, también parece que la percepción de su persona haya sufrido una suerte similar .

La existencia y predicación de Jeschoua no se desarrolla en el espacio sereno de bosques sagrados  sino en un período agitado de la historia de Israel donde revueltas políticas y represiones violentas se sucedían sin cesar. Los historiadores contabilizan no menos de veintiséis levantamientos armados contra Roma en un siglo. Los crucificados constituían la imagen habitual de las sediciones reprimidas. Jerusalén sería destruida cuarenta años más tarde por las legiones de Tito.

La respuesta de Jeschoua al dolor, a la maldad  y a las pasiones es diferente de la de otras éticas y resulta enigmática para la sensibilidad humana. No extirpar las raíces del mal en nosotros ni combatir la corrupción, la violencia, el desorden social o las desgracias naturales.

Ni predicó el ascetismo ni centró su actividad en prevenir el error, asegurar la ortodoxia doctrinal, eliminar la pobreza o liberar a su pueblo de sus opresiones sociopolíticas.  Ni una maniobra, ni una estrategia, ni una negociación razonable, ni una evitación. Ni siquiera para impedir su propia muerte. Su despreocupación respecto a la reacción de sus enemigos es desconcertante,  hasta el punto de haber alimentado en todos los tiempos la fantasía de no haber pertenecido a la especie humana.

No sintió escrúpulos en  convivir con los estigmatizados por la culpa o la vergüenza social ni los condenó por haber incumplido los preceptos de la Torah. De mujeres infieles o prostituidas en una sociedad de tabúes de pureza y de cobradores de impuestos, o colaboracionistas en una sociedad oprimida política y religiosamente, llegará a decir que, en el acceso al reino de Dios, irán por delante de los grupos observantes.

Frente al desierto de la culpa, de la vergüenza, de la mala intención, del desprestigio y de la calumnia, del propio fracaso y de la inutilidad social, frente a la desolación afectiva por la percepción del mal en nosotros y en nuestro derredor, la respuesta de Jesús de Nazareth es la de atravesarlos y sufrirlos sin detener la vista en ellos. Su atención está en seguir sirviendo a la verdad y haciendo el bien a quien se cruza en su camino.

Lo formuló explícitamente en una de sus enseñanzas doctrinales. Si vais a eliminar el mal de vuestra vida y del mundo, corréis el riesgo de destrozar lo que de bueno hay en vosotros y en el mundo. Dejadlo crecer hasta el fin de los tiempos junto con el trigo y ya habrá entonces Alguien que realice la discriminación final. Entre tanto haced a los demás lo quisierais que os hicieran a vosotros.

Porque en la enseñanza del Rabbi de Galilea, todo este sufrimiento que genera obscurecimiento del espíritu y desolación del alma hasta el punto de llegar uno a  sentirse abandonado por todo lo existente,  incluso de Dios mismo, constituye el lugar privilegiado de su presencia. Se inscribe así su predicación y su figura en la tradición de los grandes profetas de Israel.

El desierto producido en el ser humano por la desgracia y el infortunio es el tiempo de las grandes intimidades de Dios con el hombre. Aun cuando éste llegue a desesperar y a maldecir de Él.  El desierto y la noche obscura son el lugar de su mayor manifestación.

Es en ésto donde reside posiblemente la diferencia más radical entre Jesús de Nazareth y Budda. Porque entre muchas diferencias, Budda desconoce la existencia de Dios mientras que  Jesús de Nazareth lo llama Padre.