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Ciencia y religión (II)

El matemático, físico y astrónomo francés Pierre-Simon Laplace (1749-1827) es considerado por el Dictionary of Scientific Biography “uno de los científicos más influyentes de la historia”. Era llamado el Newton de Francia. Napoleón le condecoró con la Legión de Honor y le dio el título de conde del Imperio. Laplace conoció a Napoleón cuando le examinó de matemáticas siendo cadete de artillería en la Escuela Militar en París. Volvió a encontrarse con él en octubre de 1799, tres semanas antes de que Napoleón accediera al poder. Fue en ese encuentro cuando el científico le regaló al Emperador los dos primeros volúmenes de su magna obra Mecánica celeste. Se cuenta que Napoleón le dijo a Laplace que en su voluminosa obra no mencionaba al Creador del Universo ni una sola vez. A lo que el matemático le respondió sin inmutarse: “Señor, nunca he necesitado esa hipótesis”. Napoleón dio a conocer tan contundente respuesta al matemático Lagrange, quien le hizo el siguiente comentario: “¡Ah, Dios es una bella hipótesis que explica muchas cosas!” Napoleón no tardó en trasladar tan crédula aseveración a Laplace, quien, afirmándose en su primera respuesta, le replicó con su habitual ingenio: “Aunque esa hipótesis pueda explicar todo, no permite predecir nada”.

Laplace es el más depurado ejemplo del determinismo estricto y el gran teórico de la estabilidad celeste basada en la obediencias de todos los cuerpos a las leyes naturales, que hace irrelevante e innecesaria la hipótesis de Dios, a diferencia de Newton, que tuvo que recurrir a Dios Creador en su ley de la gravitación universal. Nadie entonces se rasgó las vestiduras. Similares aseveraciones a las de Laplace acaba de hacer el físico inglés Stephen Hawking en su libro El Gran Designio: no es necesario como creador para explicar el origen del Universo; el mundo podría haberse creado de la nada por sí mismo. Las reacciones de teólogos, clérigos y hasta obispos no se han hecho esperar. Algunas han sido simples, otras, airadas. Las ha habido descalificatorias, y la mayoría bien pueden calificarse de desenfocadas al no establecer la debida separación de planos entre la ciencia y la religión.

El arzobispo de Oviedo, Monseñor Jesús Sanz, es un buen ejemplo de simplicidad y de desenfoque en el tratamiento del tema. He aquí algunas de sus afirmaciones: “Dios es el Creador del Universo desde hace mucho tiempo” ¿Desde hace tiempo o desde siempre? “Existe Dios y la vida lo sabe”. “Basta tener las antenas bien puestas y la cobertura suficiente para entender que Dios está, emite, tiene algo que decirnos, mucho en lo que acompañarnos, y con su acostumbrada discreción él está presente”. Ante tales aseveraciones uno no puede menos que preguntarse si los científicos y sabios que lo niegan, ¿carecen de antenas y de racionalidad? El arzobispo de Cantenbury, Rowan William, afirmaba en declaraciones a Times: “La física por sí misma no va a plantear la pregunta de por qué hay algo en lugar de nada”. “Creer en Dios no es para tapar un vacío al explicar por qué una cosa se relaciona a otra con el Universo. Es la creencia de que hay un agente vivo e inteligente en cuya actividad todo en última instancia depende de sus existencia”.

De manera más comedida se ha pronunciado el rabino Jonathan Sacks, quien escribió en Times: “La ciencia es explicación. La religión es interpretación. La Biblia simplemente no está interesada en cómo el universo llegó a existir”. Ibrahim Mosa, presidente del Comité del Consejo Musulmán de Inglaterra dijo: “Si vemos el universo y todo lo que ha sido creado, indica que alguien ha estado aquí para darle existencia. Ese alguien es el conquistador”.

Algunos teólogos, incómodos con las tesis de Hawking por entender que niega verdaderas fundamentales de la fe cristiana, cuales son a) la creación del mundo por Dios b) de la nada, creen que el científico inglés hace una afirmación que se sale totalmente del campo de la física y que demuestra muy poca competencia en el campo filosófico. Y todo por rozar el dogma católico. Sorprenden aseveraciones de este tipo cuando de todos es conocido el trasfondo filosófico de las investigaciones científicas de Hawking, como lo demuestra en Historia del tiempo (1988), donde plantea preguntas de fondo sobre el origen y el destino del mundo: “¿De dónde viene el universo? ¿Cómo y por qué empezó? ¿Tendrá un final y, en caso afirmativo, cómo será?”.

En cuanto saltó la polémica ante el libro de Hawking, recordé la inteligente afirmación de Agustín de Hipona (354-430) en un debate entre ciencia y fe: “La Biblia nos enseña cómo ir al cielo, no cómo es el cielo”. Afirmación poco citada, quizá por desconocimiento, sobre todo en tiempos de fundamentalismos como los actuales. Si se hubiera seguido el criterio agustiniano, ¡cuántos teólogos y científicos se hubieran salvado de las piras crematorias y de las mazmorras de la Inquisición: Jan Huss, Miguel Servet, Giordano Bruno, Galileo Galilei….