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Eutsi Berrituz
Autores / Idazleak

Benjamín Forcano

Enrique Martinez Lozano

José Antonio Pagola

José Ignacio Calleja

Joxe Arregi

En portada / Azalean

De cárceles y de humanidad

Tengo el convencimiento de que muchas de las situaciones que vivimos sin cuestionar su validez  tienen una intencionalidad. Hay intereses políticos y sociales, quizás incluso económicos, que las explican.  Lo podremos ver, de forma especial, en el panorama político anterior a las elecciones. Lo vimos hace unos años con lo de la vacuna de la gripe A, o  diariamente  ante la amenaza social y económica  que suponen los inmigrantes, las revoluciones sociales en oriente próximo, en la falta de prácticas religiosas.  Ahora mismo ante nuevas opciones políticas.

Pocos cuestionan el Código Penal y las políticas penitenciarias que siguen justificando  el endurecimiento  de las normas penales, pero quizás detrás de ello,  lo que no analizamos es el clima creciente de “alarma social”  generado por una intencionalidad política. ¿A quiénes  les interesa que haya centros penitenciarios? Las mismas palabras (centro penitenciario) indican un lugar donde penar, donde pagar…  Creemos encerrar el mal cuando encerramos a quien lo cometió,  y lo que conseguimos es sólo su represión y una mayor destrucción de la persona.

Javier Pikaza habla en “Dios preso” del origen de las instituciones penitenciarias para evitar la barbarie originaria donde se mataba impunemente, donde las torturas eran formas habituales (vergonzosamente la Iglesia se convirtió en experta en este tema a mano de la Inquisición). Pero con la Revolución Francesa y el Humanismo  se estableció otra  forma de razonamiento, anulando posturas contrarias al derecho humano,  se codificaron leyes para la defensa de la persona. Sin embargo,  el resultado ha sido,  es un refinamiento institucionalizado de la venganza, una reclusión progresiva del sospechoso, una forma legal, conforme a un código, de castigo lento y largo, no la rehabilitación social del penado.

De los linchamientos  sociales hemos dado paso a  crear en la mente del colectivo social la necesitad de centros penitenciarios que nos protejan de malhechores. A quien hace el mal  es un deber social castigarle. No se habla de sanción, sino de castigo y éste ha de ser cuanto más largo,  mejor. Le llamamos  protección  social y escarmiento para el culpable. No hablamos de restaurar o rehabilitar sino de castigar, de pagar, en el fondo de venganza social institucionalizada.

No es normal que desde el año 2000, el número de reclusos en España haya  aumentado un 65%, de los cuales el 22%, están en prisión preventiva, es decir sin que se haya demostrado por un juicio su culpabilidad. Estamos en la tasa europea más alta de presos y la más  baja de criminalidad. Tenemos conocimiento de que un recluso cuesta al Estado 54.79 € al día, mientras que un tratamiento preventivo o educativo costaría 3€ al día (Según datos de R.J. Moles, director de Centre de Recerca en Gorvernança de Risc de la UAB) ¿Qué explica entonces que las cárceles españolas estén saturadas, que los presos tengan que estar alejados de sus  familiares, condenados también en ello?

¡Qué difícil salirnos de las nomas políticas y sociales que han establecido la brutalidad  como respuesta ante el mal! Cuando hablamos de estos temas casi es unánime el desacuerdo y la aberración es pensar de otra manera.  El delito que se ha cometido en un momento de la vida, borra todo el pasado y se lleva también por delante todo el futuro, absolutizamos un hecho en esa historia.  Y eso nos parece normal y justo. Excluimos la posibilidad de dar otra oportunidad.

Me sorprende que no caigamos en la cuenta que con estos hechos oscurecemos la razón, el valor, los derechos y la dignidad que merece cualquier persona. Retrocedemos en el nivel de humanidad alcanzado en pleno siglo S XXI.

Las cárceles representan la esquizofrenia social más significativa de nuestra época: la institucionalización de la venganza y la represión. No les llamamos así, claro. Les llamamos, “aplicar la justicia”, cuando sabemos que pocas veces llegamos  a  aplicar con ecuanimidad  la ley, que no la justicia.

Los delitos se juzgan y se castigan. Eso es lo más obvio y a todos nos parece lo adecuado. Hay quien establecería nuevamente la pena capital o la sustituiría por cadena perpetua para perpetuar en ello el dolor al delincuente.“La finalidad de la política penitenciaria es la rehabilitación social del penado, no su incapacitación perpetua mediante juicios mediáticos. Impartir justicia no consiste en convertir a las víctimas  del mal en verdugos. El estatus de víctima tiene un límite: el que establece el Estado de derecho dictando justicia, no venganza” (Ramón J. Moles)

La prevención y gestión del delito debería de ser lo usual y la excepción la privación de libertad y entonces analizar en qué  condiciones.

¿De qué vida hablamos cuando lo hacemos desde los centros penitenciarios? ¿Qué vida puede haber cuando no hay libertad? ¿Redime, cambia, regenera socialmente  el encerrar a una persona en una prisión? Hablamos tranquilamente de condenas de 3, 5, 10, 30 años de la vida de una persona, sin entender que eso es el infierno.  ¿Nos podemos remontar en la memoria a más de tres años de nuestra vida? Día a día, hora a hora en el absurdo del sólo estar encerrado,sin productividad, sin reeducación, sin ayuda psicológica o psiquiátrica (en un centro penitenciario, para una población reclusa de 1400 personas,  hay cuatro psicólogos y ningún psiquiatra), sin nada más que el mismo mal rodeando al condenado   ¿Creemos que saldrá mejor persona, con mejores deseos para vivir socialmente? ¿Habrá logrado sacar el bien en un entorno de mal?

No sirve para nada, o sí; sirve para destruir  más aun a la persona, para llevarla  al límite de la locura, del absurdo de la antivida y el dolor  ilimitado, al resentimiento, al sufrimiento degenerativo.

No sabemos  cuántas y cuántos  se han quitado la vida en la prisión. Esas cifras se ocultan, como se ocultaban los suicidios en las filas del servicio militar. Aquí con mayor motivo.

Sé que es difícil dar respuesta responsable a quien ejecuta el mal y que la justicia se ha de ejercer para preservar a lo sociedad del delincuente. Pero las cárceles no sirven para ese propósito. Está sobradamente comprobado que la prevención en cualquier ámbito, también en éste, es la vía que mejores resultados da y es la más económica.  No se  cambia  a nadie encerrándole, castigándole.  Las prisiones deberían contar con personal cualificado para el trato a los reclusos. Más que en cualquier otro lugar deberían ser personas especialmente preparadas en su talla humanitaria. Por desgracia hoy no es así, fácilmente se puede llegar al embrutecimiento  para condenar nuevamente y juzgar a quien un día ya lo fue. Los internos temen denunciar ante los jueces de vigilancia por temor a represalias aún peores. Existen  “módulos vips”  para tratos de privilegio según la condición social de los  condenados.

¿No debería ser el trabajo  remunerado y  la formación, y no la ociosidad,  lo que se estableciera como normal  en las prisiones y no como privilegio de muy pocos? ¿Por qué  la falta de actividades  creativas,  musicales, de la educación en  lo bello, en la sensibilidad… de lo humano para regenerar? No olvidemos que lo que  hoy se hace en esta perspectiva es labor de voluntarios en las prisiones. Si bien se dan pasos en esta línea  no dejan de ser intentos tímidos de lo que debería de ser lo normal, lo obligado en un proyecto rehabilitador.

Sé que hay delitos y males grandes, lo sé, pero inventemos, pongamos nuestra inteligencia al servicio del cómo reeducar, cómo hacer que ese mal se convierta en bien;  pero nunca creamos que el mal se cambia con otro mal mayor. Porque entonces sólo se consigue la contención, la represión y por dentro ese mal carcome a la persona y la incrusta en el alma el sentimiento de venganza… Eso es una cadena que no tiene fin.

Desde que estrenaron Celda 211, no me sentí con ánimo de verla hasta hace muy poco. Sí, es una película.  Pero de verdad ¿es sólo ficción?

Las cárceles son una microsociedad, igual que la macrosociedad en la que vivimos: se da lo mejor y lo peor. Están los sentimientos más sublimes y los más viles.

Las cárceles, sin haber tocado el tema de “los familiares de los presos”,  diría que son la negación de Dios, el antiDios. Si Dios es vida, amor, oportunidad creadora a cada instante, perdón y libertad. Las cárceles son muerte, odio, destrucción de la persona en lo más íntegro, en lo más propio, venganza y represión.

El Dios que nos muestra Jesús no es justo sino misericordioso. Por tanto tenemos que abrir ese espacio social que lleve al cambio desde una perspectiva del don, de volver a dar oportunidades, escapando del miedo, de las alarmas sociales. Debemos de creer que el bien es siempre más poderoso que el mal. La historia y el tejido más humano se han  estructurado desde la base de los más buenos. Todos los que en su momento histórico fueron capaces de no sucumbir ante el mal y seguir generando bien, esos son los constructores de nueva humanidad.  No podemos callarnos. Hemos de ir hablando, creando opinión, abriendo espacios de reflexión que se opongan a esta lacra social que son nuestros centros penitenciarios para que un día sean sólo recuerdo de un triste pasado como tantos otros.

Matilde Gastalver

 

Reflexión sobre la cárcel

Imaginemos lo que son 30 años de cárcel...Entrar con 20 años y salir con 50...Todo el entusiasmo de la juventud apagado día trás día, cumpleaños trás cumpleaños, verano trás verano, Navidades trás Navidades, con el horizonte limitado a la pared del patio. La monotonía de los días, la repetición de los mismos ruidos y los mismos silencios, los mismos ritmos vitales, los mismos pasos contados en el chabolo o el patio. Sin vida laboral, ni vida de pareja, ni la de madre o padre, sin poder nunca ir a buscar a una hija o un hijo a la escuela ni llevarla a una excursión. Una persona condenada a la soledad, teniendo que vivir con otras por obligación, enfrentada cada mañana con ella misma, sin esperanza de vivir algo distinto, aparte alguna visita o  algún vis.

Es verdad, Matilde, "las cárceles son muerte, odio, destrucción de la persona en lo más íntegro, en lo más propio, venganza y represión".

En cuánto a los familiares, es cierto que pueden visitar a sus presas y presos pero una madre o un padre quiere ver a su hijo feliz y no ser testigo de cómo se va apagando poco a poco, a veces endureciendo o trastornando porque diez años de cárcel son suficientes de sobra para destruir a una persona. Para unos padres es un sufrimiento constante, reavivado en cada acontecimiento que suponga su ausencia, como un clavo que se va hundiendo en cada despertar porque saben que el camino se hará cada vez más cuesta arriba para las dos partes.

No puedo pensar que a algunos les parezca poco castigo, ya que de castigo se trata, por muy grave que haya sido el delito y como Cristianos, defensores de la Vida, no lo podemos justificar

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Sinceramente, creo que para

Sinceramente, creo que para darnos cuenta del castigo que supone la pena de cárcel es necesario un ejercicio de imaginación al que tú, en el primer párrafo de tu comentario, nos ayudas magníficamente. Gracias.

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