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José Antonio Pagola

José Ignacio Calleja

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En portada / Azalean

En la muerte de D. Carlos Abaitua

D. Carlos Abaitua y Lázpita ha fallecido, hoy, a los 89 años. Nacido en Bérriz (Vizcaya), en 1921, era sacerdote de la Diócesisde Vitoria, desde 1946. Doctor en Teología, desde 1964, hasta su jubilación fue profesor de la Facultad de Teología del Norte de España, en su Sede de Vitoria. Estudioso de la Teología en su dimensiónmás pastoral y social, se doctoró en 1964, con un trabajo sobre "La doctrina de la libertad política en el magisterio de León XIII", realizado en la Universidad Pontificiade Comillas. Su campo de estudio siempre se ha movido cerca de este primer tema, es decir, lo que en teología llamamos pastoral social y doctrina social de la Iglesia.

D. Carlos ha sido siempre un estudioso de la fe, sólido en cuanto a los principios teológicos, pero muy interesado por conocer la realidad. En ocasiones, su celo por depurar los datos sociales, económicos y políticos, podía llevarte a confundirlo con un sociólogo. Y sin embargo, su proceder, sólo era la muestra de que no se puede decir una palabra moral concreta y hacer algo "en serio", sin conocer el objeto. Está claro, la fe y su moral no tienen una aportación sustantiva que hacer si no conocen los datos. Esta preocupación por el dato la ha mantenido hasta el final, y en sus últimos días perseguía con celo de estudiante comprender la inmigración en nuestra ciudad, para discernir, exigirnos y humanizar su suerte. D. Carlos tenía este don como estudioso: el de la paciencia para conocer, el de la constancia para ir tras el detalle y concentrarse en situaciones muy cercanas y de apariencia menor, y al entenderlas, actuar sobre ellas. "Actuar sobre ellas", enseguida volvemos sobre esto. D. Carlos, como teólogo y pensador, no tiene libros de referencia, sino más bien artículos y estudios. Esos artículos y estudios muestran los dones que invito a reconocer en su modo de trabajar. Pondré un ejemplo, hay un estudio en la revista de la Facultad de Teología, Lumen, y que lleva por título La doctrina católica sobre la propiedad privada en dos momentos clave de la tradición cristiana, (30 - 1981- 385-418), que me parece insuperable. Y no es un caso, sino que los temas los trabajaba así. 

 Ahora bien, D. Carlos ha sido un estudioso extraordinario, pero no ha orientado su estudio a la publicación, sino al compromiso de la pastoral social de la fe con los problemas de la gente; y tampoco de "la gente" en general y a secas, sino con una clara intención de servir y apoyar a los grupos humanos más débiles en cada momento. De esto pueden hablar mucho más otros que yo. Pienso en Fernando Gonzalo-Bilbao, o en el propio José Ángel Cuerda, y otros a quienes yo no he tratado. Y pienso en hombres y mujeres de Adurza que se reunieron alrededor de D. Carlos Abaitua en su hacer "social", tanto en Adurza como Errrekaleor. Hombres y mujeres que sólo he conocido por el testimonio de uno de ellos, Alfredo Corres (+), quien me contaba que, junto a D. Carlos, aprendieron a vivir y practicar socialmente la fe y se exigieron compromisos muy serios por causa de esa misma fe; y me contaba cómo la celebraban, se ilusionaban y superaban adversidades y cansancios. Me contaba cómo tuvieron que entenderlo hombres y mujeres por igual, cuando la entrega personal afectaba a la vida familiar, y el tiempo era escaso. Y me contaba que D. Carlos, siempre era el mismo, pero que los años le habían hecho más comprensivo en la exigencia; a él y a todos nosotros, - repetía Alfredo-. 

Doy fe de este carácter comprensivo y generoso de D. Carlos conmigo y nuestro tiempo. Allá por el año 1977, D, Carlos me dijo si quería trabajar con él en el Secretariado Social Diocesano. Me convertí en su "ayudante" y enseguida me dijo, "voy a pedir en el Obispado que te nombren para este cargo y quiero que hagas las cosas a  tu modo; pregúntame sólo cuando lo necesites, y si me permites, recupera la Escuela Social, la formación es lo único que nunca pasa". Y así fue, comprensivo, estimulando, sin vigilar, con una confianza ciega, con afecto y, a la vez, con independencia. Alfredo Corres, su viejo y fiel amigo, casi como un "escudero", se quedó en la Escuela Social, y decía, "D, Carlos es admirable siempre, y ahora, más si cabe, es una bendición de persona. Aquí seguiré con vosotros, porque a mí me enseñó a servir por la fe a la gente más pobre, a la justicia que les debemos, y no a su persona. Sigo a Jesucristo, y D. Carlos ha sido un testigo. Espero serlo ahora yo para otros, más modestamente, pero para otros". Y así fue. 

Y D. Carlos siguió su camino, siempre comprometido y reflexivo, como dos caras de la misma acción; otros saben lo que es hoy la "Fundación benéfico-social Hogar Alavés", y a qué gente llega. Me gustaría que lo contaran. Realmente sé mucho de D. Carlos y a la vez, poco. D. Carlos no se exponía demasiado al público. Además yo lo trataba siempre con la reverencia que damos al maestro. En su vida metódica, la oración, el estudio y la acción componían un conjunto tan austero, para algunos, como intenso y benéfico para todos. Ha sido su manera de ser ésta que digo: reflexivo y estudioso, profundo en lo que piensa y con una capacidad de gestión envidiable; de gran fe y espiritualidad cristianas, y sin embargo, sin ostentación clerical de ellas; exigente en los compromisos, y capaz de esperar y disculpar el fallo ajeno; claro en la denuncia social y eclesial, y a la vez, maduro y fiel a esa Iglesia y a esa sociedad; inteligente como profesor, y sin la afectación del intelectual que "se gusta". Creía en lo que hacía y lo que creía era muy bueno. 

Hace unos años, enfermó, y sus íntimos saben cómo luchó y creyó en Dios y, por Él, en la vida. Con un físico muy mermado, su fuerza interior resplandecía al contarnos qué estaba analizando y para qué fin social. O sea, él, impertérrito, D. Carlos. Todo un hombre de este pueblo, un sacerdote, un cristiano, que con mil dones los puso al servicio de una causa, la de la justicia social, y halló en la fe en Jesucristo, una motivación definitiva para perseverar en este servicio, o sea, el de Jesús de Nazaret. Descanse en paz.              

José Ignacio Calleja

Facultad de Teología

Vitoria-Gasteiz