Mujer en la Iglesia
Hablar de la mujer en la Iglesia es imposible sin hacer memoria de esa historia de dolor de muchas generaciones, o no sentirse parte de lo sufrido por ser repudiadas como inferiores, o seducidas para ser utilizadas, y culpabilizadas por ser motivo de pecado.
No vale la pena citar a grandes teólogos, muchos de ellos llamados santos, que hicieron bandera de la lucha contra la maldad intrínseca de ese ser “mal creado” por Dios: la mujer. Un error de la mano creadora de Dios. Sin la misma capacidad intelectual, moral, espiritual que el hombre.
Me he preguntado muchas veces cómo se relacionarían esos varones con sus madres. Cómo recordarían a las que les engendraron. Qué sentirían al recordar que fueron formados en las entrañas de una mujer y se alimentaron de su propia sustancia. ¿No recordarían que las primeras experiencias del amor las aprendieron del roce más íntimo con el cuerpo de una mujer y de las caricias de sus manos llenas de ternura?
Los tiempos han cambiado y tal vez muchos piensen que es resentimiento o agrura mirar las llagas del pasado y que todo eso sólo es historia. Quizás, ahora, ya no somos vistas como enemigas tentadoras de los hombres, culpables de sus pasiones más bajas y humillantes, y sólo somos sus rivales. Para creerlo, necesitaríamos dejar el análisis y olvidar que la Iglesia Católica sigue recogiendo disidentes de otras filas cristianas, por la única razón de que en ellas, la mujer ha conseguido puestos jerárquicos que no están dispuestos a aceptar.
En Mallorca las cosas no están mejor que en muchas otras diócesis. Mientras la jerarquía se ocupa de los servicios litúrgicos y sacramentales, las religiosas siguen dedicándose al amor, a la acogida, al consuelo, a la enseñanza, a la misericordia. La imagen masculina de la Iglesia es fría, rígida, hierática, alejada de la vida, sin tiempo para las relaciones humanas, ligada al poder, al dominio, aferrada al dogma. La imagen femenina de la iglesia está al pie de calle. Preparan todo para que el hombre llegue, dé la bendición y diga las palabras mágicas.
Todas las generalizaciones son injustas porque no tienen en cuenta a muchos que conocemos y que están muy lejos de estas descripciones. Pero ellos son los que salvan la Iglesia, son los que siguen los pasos de Jesús que se relacionó con tantas mujeres. Que las quiso. Que se dejó enseñar por ellas. Que permitió que le abrieran otras dimensiones del Reino más allá de los límites que él había pensado. Que le hicieron entender mejor a Dios. Que le sirvieron sin estar sometidas. Que le ayudaron sin relación de rivalidad. Que le tocaron y estrecharon amistad íntima sin que hubiera provocación sexual.
A mí me gusta llamarlas compañeras de Jesús. Eso deberíamos ser las mujeres en todas las diócesis: compañeras. El que acompaña está al mismo nivel del otro, anda los mismos pasos. Hace junto al otro el mismo camino, lo hacen en paz, unidos, sabiendo que se necesitan para no caer en el desánimo, para tener creatividad, para inventar el Reino en la vida, o para descubrir el Reino en la misma vida.
No puedo dejar de pensar en las mujeres sin pensar en las flores. ¡Todas tan bellas! Alguien preferirá a unas que a otras, por sus colores o sus aromas o sus formas, sin que por ello ninguna pierda su propio encanto. Unas necesitan una tierra especial como las orquídeas, mientras que en Portals Vells entre los empedrados del suelo, sin tierra alguna, salen unas hermosas florecillas lilas tejiendo una alfombra que debería de estar prohibido pisar. ¿Podemos prescindir de las flores? ¿Puede alguien imaginar cómo sería un mundo sin flores? Quizás tan terrible como una Iglesia que excluye a las mujeres.
Yo creo que las mujeres estamos en la Iglesia a pesar de la Iglesia. Nos mantiene el convencimiento personal, la seducción que Dios ejerce en nuestros corazones, la sensibilidad por el dolor de los que son los primeros en el corazón del Dios de la vida.
Sería un error que pretendiéramos el mismo papel que ejerce hoy el hombre en la Iglesia. No nos ha de interesar repetir los esquemas que ya existe y ni valen y ni atraen, sino que alejan. No hemos de querer ser más, sino ser con.
Nuestro papel es el de las mujeres con Jesús, las compañeras de Jesús. Nuestro lugar no ha de ser el del culto o los ritos. Nuestra pretensión ha de ser sacralizar de la cena de despedida de Jesús el gesto de lavar los pies y centralizarlo, para que desaparezca la magia y el poder y aparezcan el servicio y la igualdad en la comunidad. Eso fue lo sagrado para Jesús.
Nuestro lugar ha de ser la misma vida. Fuera de los templos, en los caminos, explicando el Reino con parábolas de vida como hizo el Maestro, con palabras de consuelo en los dolores y los ojos muy abiertos para verlos. Y la mano sanadora para dar consuelo, para acariciar heridas, dolores, soledades. Y decididas, muy decididas, para no rendirnos porque sabemos qué queremos, porque hacemos lo esencial: la memoria viva y eficaz de Jesús, la imagen más cercana y clara del Dios que ama la vida.
No queramos construir otra Iglesia, con otra jerarquía, con otros cultos, con otros dogmas y otros ritos. A eso fue a lo que se opuso Jesús. Lo que hemos de querer sin tregua, es llevar el Evangelio. Es decir, ser “buena noticia”, “noticia de parte de Dios” y recuperar la memoria histórica de la vida de Jesús por el Reino de Dios.
La autoridad como servicio
Muy buenas Matilde
Gracias por tu escrito. Me gustaría añadir algo:
Creo que debemos valorar la autoridad como servicio (pensemos en cuanto bien hacen los padres con autoridad) y que debemos de luchar porque la mujer sea también compañera de Jesús en y desde la autoridad eclesial.
Acerca de la autoridad
Buenos dïas
No añadiría nada al artículo de Matilde con el que me identifico plenamente de la primera a la última frase; pero sí al comentario de Andrés: compara la autoridad eclesial con la de los padres con sus hijos pero el problema es que no somos niñas sino adultas y que los padres de familia son padres y madres y en la autoridad eclesial faltan las madres.
Por otra parte, no hace falta luchar por que la mujer sea compañera de Jesús porque ya lo es , sino que la lucha consiste en que la autoridad eclesial la reconozca como tal.
Un saludo afectuoso a los dos