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No es tiempo de callar. Es tiempo de hablar - Palabras finales de la clausura del FRP Gazteiz

“NO ES TIEMPO DE CALLAR, ES TIEMPO DE HABLAR”.

Palabras finales del XIX Foro Religioso de Gasteiz
 
 
Y al final —todo final es comienzo y apertura—, 
llevémonos, por favor, palabras buenas;
digamos, por ejemplo, estas siete:
 
1.ª
 
Nos ha convocado y visitado la palabra expandida y generosa,
la palabra con sentido, que nos hace vivir desde dentro 
y viajar a la bondad mayor.
 
Ahora esa palabra es ya del pueblo. 
Nosotros, pueblo de la palabra. Pueblo liberado que
puede construir por sí mismo postulados y proyectos axiológicos
que le conduzcan a vivir con calidad, y a gusto.
 
Llevémonos palabras buenas, palabras de unción,
de bálsamo, de anchura.
Portemos palabras admiradas, agradecidas,
que expresen nuestro ser amoroso
y sostengan nuestros brazos abiertos.
Transportemos también palabras atrevidas y arriesgadas,
esas innovadas, alzadas e insurgentes, que 
nos permiten avanzar y alzar el vuelo.
 
2.ª
 
Has tomado la palabra, mujer preñada, llena, colmada,
mujer-ruah.
Ahora, nuestras manos se dirigirán
a los libros de las baldas matriarcales, 
y estaremos atentos a vuestra voz, ammas del desierto
(ese lugar de preparación intensa).
Ahora ya, Marcela y Teodoroa enseñarán interiorización,
Olimpia asesorará a teólogos, 
Margarita nos alumbrará la espiritualidad, 
Beguina parirá esas palabras que tocan la vida 
para mejorarla.
 
El ruin Shenute se va quedando solo.
 
Nosotros, asamblea en búsqueda de calidad,
contradiciendo a Clemente V y a su concilio de Vienne,
decretamos que vuestro modo de vida, beguinas,
sea enaltecido y promocionado en las asambleas de los buscadores.
 
3.ª
 
Antes, el taita, el maestro, el marido, el cura, 
la mandaban callar, pero ahora la invisibilizada
ha tomado la palabra. Sabe que el poder
quiere un pueblo receptor mudo, silenciado,
sabe que a todo Tupac Amaru
el poder busca cortarle la lengua,
pero asume que el pueblo ha recuperado
la palabra secuestrada.
 
Ahora ya el demos tiene voz,
ya los muchos hablan con urgencia
de su dolor por toda la injusticia.
Es voz que desenmascara a todo mensajero del pecado original
disfrazado como heraldo del evangelio.
 
4.ª
 
Cuando recibimos en directo el relato
del sufrimiento de un pueblo y su resistencia, 
las lágrimas nos ayudan a ver la verdad.
 
La palabra se hizo vida en medio de nosotros
cuando una mujer y un joven inmigrantes
nos mostraron su dolor pero también su fortaleza,
y cuando las mujeres-pueblo saharaui,
criadoras-creadoras, pilares de supervivencia,
nos enseñaron a construir —incluso en el desierto 
de los desiertos, en la nada—, vida;
nos animaron a edificar el gran espacio de acogida 
de la jaima comunitaria, palmo a palmo,
en tuiza o minga, trabajo colectivo.
 
Alcanzamos a decirles: 
Mujeres y hombres que venís de lejos,
mujeres refugiadas, allanadas pero libres,
no estáis solas.
 
5.ª
 
Nos ha dicho un maestro que la palabra
no es para quejarse sino para construir.
 
Nos ha enseñado que todo cambia de continuo —todo baila—,
y que para vivir hemos de cambiar,
y que para cambiar hemos de excluir lo que fija.
Y que no hay nada que fije más que las creencias.
 
Nos ha animado ha dejar definitivamente la sociedad estática;
nos corresponde a nosotros una sociedad del riesgo,
en la que nada hay seguro, pero en la que nos moveremos sin miedo:
primero, porque ya no hay marcha atrás;
segundo, porque la genética nos ha dotado de suficiente flexibilidad;
tercero, porque detrás de las creencias nos espera
—somos absolutos, absueltos, sueltos—
la dicha de la calidad humana honda, apertura 
gratuita a la inmensidad sin fin de lo que es.
 
Eso dice. Y también que, para atrevernos, nos tomemos un vino,
el gran reserva de las bodegas de las grandes sabidurías.
Y nos invita a que, a la manera del mayor maestro 
cuando entró en Jerusalén, busquemos las bodegas en borrico
(modelo apacible y sencillo). 
 
 
Y aunque la tarde ya cae, tal vez 
estemos a tiempo de elaborar un buen producto
que, una vez logrado, probablemente aún podamos
ofertar al joven (que ya no puede aceptar el producto viejo).
 
 
6.ª 
 
Y nos ha dicho un poeta que no dejemos de hablar
sobre ese exceso de realidad, esa hermosura 
y ternura últimas que nos animan; 
ese misterio indemne —sin daño— que cura nuestros daños, 
misterio en el que estamos a salvo, y que desvela 
y ocasiona la calidad radical de nuestra vida.
 
Pero hablar solo de la forma más creíble, innovada y bella,
abriéndonos a la anchura del paradigma holístico,
estudiando —mucho— para comprender para creer
y arropando la palabra fiada (confiada) para comprender.
 
Porque la vida nos va en que la palabra honda no muera.
Por eso la buscaremos y entrañaremos, la preñaremos 
y la pariremos nueva, la cuidaremos reinventándola sin cesar,
extendiendo los sentidos más allá de los actuales límites
(incluso si se hace inevitable le herejía).
 
Hablar así, o, si no, callar. Pero callar para seguir 
buscando sentido. Aunque sabiendo 
que nunca comprenderemos del todo.
 
No creamos que lo propuesto es abstruso y difícil…
¡si se trata de beber del agua cercanísima,
esa que tiene cada uno dentro, en el propio pozo!
 
7.ª
 
Vayámonos con la mejor palabra, la palabra mayor,
la palabra grande hecha persona, esa que apasionadamente
acogió la calidad última y total de la vida (la llamaba Reino de Dios)
y que entrañablemente asoció la calidad de una vida
con el servicio a los más pequeños y últimos, y con
el empeño por curar al ser humano herido.
 
Su palabra viva habla en nosotros cuando hablamos
desde la autoridad de los que sufren, y nos impulsa a
gritar cuando otros callan, y a soportar el dolor 
(nos enseña a desprendernos de los clavos 
que quisieran atarnos a una vida inanimada).
 
Su memoria muestra que hay alternativa, siempre; 
que incluso tras la peor caída es posible resucitar de nuevo.
 
Vayámonos livianos y sencillos:
al final… ¡si de lo que se trata es de 
reunirnos las amigas, los amigos,
en torno a los relatos esenciales!
 
Y sentir entonces que el corazón nos arde.
 
Ese fuego nos une y nos abraza siempre,
y nos hace abrazar a todas, a todos,
y por lo cual decimos, amigas, amigos, gracias. Muchas gracias.
 
C.V.V.